8° día de la novena

Oh Espíritu de Dios, Espíritu de verdad y de luz, 
Vive en mi alma constantemente con Tu gracia divina.
Que Tu soplo disipe las tinieblas,
Y que las buenas obras se multipliquen en tu luz.
Espíritu de Dios, Espíritu de amor y de misericordia,
Que infundes en mi corazón el bálsamo de confianza,
Tu gracia afirma mi alma en el bien,
Dándole la fuerza irresistible, la perseverancia (Diario, 1411).

Nuestro pecado restringe la acción del Espíritu Santo. La súplica pidiendo su constante presencia en nosotros equivale a pedir que podamos vivir en gracia santificante. Dios es luz, y cualquiera que se acerque a Él se percata más fácilmente, con más claridad, de todo aquello que hay dentro de sí mismo y que no es de Dios. Sin embargo, la confianza en su bondad hace que no nos desanimemos en el trabajo que debemos hacer con nosotros mismos. Por el contrario, en nuestros corazones aparece la acción de gracias, porque cada reconocimiento del propio pecado es una gracia del Espíritu Santo, pues Él nos permite conocer nuestro propio pecado.

¡Espíritu Santo, disipa toda la oscuridad de mi corazón!

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